Nos situamos pocas semanas después de la anterior entrega.
El Dr. Kelson continúa construyendo su santuario a medida que convive día a día con sus quehaceres que se han convertido en rutina.
Entre sus múltiples actividades se encuentra el buscar una cura para el virus de la ira, o al menos intentar paliar los efectos de dicha enfermedad.
Toma como paciente cero al infectado Alpha que vimos en la película anterior. Con él, realizará varias pruebas que harán que dicho sujeto comience a sentir mejorías a medida que avanzan las intervenciones del doctor.
Estas pasa por inyectarle a modo de dardo un tranquilizante que le hará relajarse y alejar de su mente el atronador ruido que provoca en su sistema nervioso la infección. Más tarde (SPOILER) y a medida que avanzan los acontecimientos, el Alpha denominado por el doctor como Sansón comenzará una mejoría que le llevará entre otras cosas a ser consciente de si mismo.
Por otro lado, tenemos al pequeño Spike que se ha quedado solo y que se enrola sin quererlo al caótico Jimmy, líder del grupo de los Jimmies y que poseen una especie de facción de rituales satanistas en un mundo tanto apocalíptico como cruel.
Spike, deberá en la medida que pueda sobrevivir a un grupo de locos que poco valoran la vida ajena y que no dudarán de exterminar a otras facciones de supervivientes para conseguir comida, cobijo o cualquier tipo de suministro que les pueda venir bien.
Gran segunda parte de esta nueva trilogía de la saga 28 y que en esta ocasión dirige la solvente Nia DaCosta.
Excelentemente filmada a la par de cruel en su planteamiento, el guion firmado por Alex Garland nos deja entrever las consecuencias de una sociedad, esta, la de la saga 28 años que bien podría ser un hipotético futuro al que estaría abocados si algo similar sucediese, o no.













