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- Mechas color arcoíris, por favor. |
Hicimos una serie de recados y frente al edificio de Telefónica un hombre me dio un papel en el cual se podía leer.
"Peluquería Pepita"
Y en la parte inferior del mismo, una serie de precios, bastante económicos por cierto. Iba a tirar de largo cuando mi hermano dijo:
- Venga hombre vete, necesitas un corte de pelo.
- No voy a ir, me corto el pelo donde siempre aunque sea más caro.
- Como eres, yo siempre voy a esos sitios de oferta.
Como tónica general en estos casos, terminé accediendo y fuimos a la peluquería en cuestión.
Era un primer piso. Llamamos al timbre. Alguien nos abrió.
Subimos las tétricas escaleras. Una vez allí, contemplamos el dispositivo que Pepita tenía montado.
El lugar, a pesar de ser viejo estaba limpio y muy bien cuidado.
Nada más entrar, Pepita nos gritó.
-¡Quién se va a cortar el pelo!
- Yo. - Respondí tímidamente.
Pepita se aproximó a nosotros, nos apartó dos sillas y dijo:
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Reza, reza. |
- Tenéis que esperar.
Miré hacia la izquierda. Había una chica sudamericana, me miró con pánico, quería irse de allí.
Pepita intentó sacarnos conversación.
- Bueno, ya empieza a hacer frío ¿no?
- Sí, algo .- Dije.
A los pocos segundos la chica que tenía dos mechas de colores y el pelo cortado con extrañas capas le dijo acojonada a la peluquera:
- No me gusta.
Fue entonces cuando Pepita entró en cólera.
- ¡No te gusta! ¡Qué no te gusta! Eso es porque aún no te haces al nuevo peinado.
Pepita se dio media vuelta, cogió espuma y comenzó a esparcírsela por el pelo.
- Ya verás ahora que bien. - Dijo.
La cliente intentó coger un peine para colocarse el pelo ella misma. Al verla, Pepita le golpeó la mano.
- ¡Para!
Pepita cogió el peine y comenzó a alisar el pelo a la mujer. Estaba tan enredado que la cabeza de la chica volteaba de un lado a otro sin parar.
Mi hermano me miró.
- Bueno, yo me voy.
Enfurecido le respondí.
- No, tú te quedas.
Ya veía como me iba a dejar allí solo sin saber salir de aquel lío habiéndome instado a visitar una peluquería a la que yo no quería acudir.
Y mi hermano, que es muy listillo cuando quiere hizo que le llamaban al móvil.
- Juan... Sí. No me digas. Pues vaya, ahora que nos íbamos a cortar el pelo. (Un segundo de silencio) Ahora vamos.
Colgó el teléfono. Vi la jugada rápidamente.
- ¿Quién era? .- Dije.
- Juan, tenemos que irnos. - Respondió.
Me dirigí a Pepita.
- Lo siento Pepita, pero tenemos que irnos.
- ¡No pasa nada guapos, gracias por venir!
Mientras nos poníamos las chaquetas Pepita empezó a agasajarnos con piropos. (A todo eso hay que decir que Pepita debía de tener como unos setenta años).
- ¡Guapos, tíos buenos!
Cerramos la puerta y bajamos a todo tren por las escaleras. Una vez en la calle le dije a mi hermano:
- Esta te la guardo.
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- Al bonito rulo "oiga" |